Este finde leemos…

Llamadme Ismael. Hace años, con muy poco dinero en el bolsillo, y sin nada que me atara a la tierra, pensé en irme a navegar por ahí, para conocer los océanos del mundo. Ahora, esa inquietud se ha convertido en costumbre. Cada vez que me encuentro triste y malhumorado, cuando me siento solo sin saber por qué; cuando noto que el frío de noviembre se instala en mi alma; y sobre todo cuando me detengo, casi sin darme cuenta, ante las tiendas de ataúdes, comprendo que es hora de embarcarme. He nacido tierra adentro, pero todos los caminos llevan al mar. El agua tiene una magia irresistible que atrae a los hombres y los impulsa a cruzar montañas, a seguir arroyos, riachuelos y ríos, hasta llegar al mar, que es como un inmenso espejo donde a todos nos gusta mirarnos.

Recuerdo que llegué al puerto de New Bedford un sábado por la noche, en diciembre de 1841. Con pasos vacilantes recorrí las calles, buscando un alojamiento acorde con mis posibilidades. Al final, no lejos de los muelles, atisbé una débil luz. Escuché un chirrido y, al levantar los ojos, vi un letrero que se balanceaba sobre la puerta, con un surtidor alto y blanco pintado y estas palabras debajo: «Posada del Chorro». Se refería, claro está, al chorro de vapor que brota de la cabeza de la ballena. Me dije que aquel podía ser el sitio perfecto para conseguir un alojamiento barato, algo de comida y un buen café…

Moby Dick, Herman, Melville, 1851