Este finde leemos…

El oscuro interior parecía una cavidad bucal saqueada de dientes. Había media docena de mesas de madera y un cochambroso mostrador con un anaquel de botillería. Dos mujeres jóvenes se embriagaban con terquedad de herbívoros, acodadas en una mesa, sentadas en taburetes cojos. En otra mesa había unos individuos que parecían flamenquistas o mozos de espadas, con patillas de boca de hacha y sombrero cordobés. La tabernera trajo una frasca de aguardiente y los dos amigos brindaron por la inmediata comparecencia del porvenir.

— Que Venga Hoy Mismo El Día De Mañana —reclamó Belinchón.

—¡Que suceda nuestra gloria! —suplicó Corcuera.

—¿Hasta cuándo vamos a seguir esperando lo que no se nos debe? Por retazos que escucharon de la conversación de la otra mesa, se dieron cuenta de que aquellos maleantes imitaban el acento andaluz. ¿Qué clase de seres humanos, sus semejantes, podían perder hasta tal punto el propio respeto como para intentar parecer andaluces sin serlo siquiera?

—¿Estamos en los bajos fondos,Ignacio?—preguntó Agustín atemorizado.

—Cabal.

Esto que ves ante ti es el pueblo, ese pueblo al que vamos a llevar la luz de la Razón por medio de nuestras obras inmortales. Míralos, míralos: he aquí esos ciudadanos felices y benéficos.

—Parecen un tanto cuanto embrutecidos. Será el oscurantismo.

Ignacio y Agustín eran ilustrados, herederos de la tradición de los enciclopedistas franceses. Formaban parte de un proyecto gigantesco, formidable, heroico. Sus predecesores se habían dedicado a acumular información y a ordenarla para que revelara su sentido y su organización interior. Habían hecho inventario de la realidad para que se volviera inteligible y así explicarla a la luz de la Razón. El emblema de aquella titánica empresa era la Enciclopedia: el mundo entero puesto en orden alfabético.


Rafael Reig “La cadena trófica” 2016