Este finde leemos…

Este finde leemos…
Pasaron los meses del verano mientras yo estaba completamente absorto en mi trabajo. Fue una estación particularmente bella; jamás los campos dieron cosecha más abundante, o los viñedos ofrecieron tan lujuriosa producción: pero mis ojos eran insensibles a los encantos de la naturaleza. Y los mismos sentimientos que me llevaban a ignorar las escenas que me rodeaban, me inducían también a olvidar a los amigos que estaban a tantas millas de distancia, y a quienes no había visto durante mucho tiempo. Sabía que mi silencio les inquietaba, y bien recordaba las palabras de mi padre: «Sé que mientras estés complacido de ti mismo, pensarás en nosotros con afecto, y que tendremos noticias regulares. Me perdonarás si interpreto cualquier interrupción de tu correspondencia como prueba que estás descuidando igualmente tus restantes obligaciones». De ahí que supiera bien cuáles serían los sentimientos de mi padre, pero no podía apartar el pensamiento de mi actividad, repudiable en sí misma, pero que se había apoderado irresistiblemente de mi imaginación. Deseaba, por así decirlo, refrenar todo lo que se relacionase con mis sentimientos de afecto hasta que hubiese alcanzado el gran objetivo, el que absorbía y anulaba todos los hábitos de mi naturaleza. Pensé entonces que mi padre se mostraría injusto si atribuía mi descuido al vicio, o a desgano de mi parte; pero ahora estoy convencido de que estaba justificado al creer que yo no me hallaba totalmente a salvo de censura. El ser humano que vive en la perfección debe conservar siempre un espíritu calmo y pacífico, y jamás permitirá que la pasión o un deseo transitorio perturben su tranquilidad…
Frankenstein o El moderno Prometeo, Mary Shelley. 1818