Este finde leemos…

Este finde leemos…
De noche, cuando se aburrían, lo que ocurría a diario los hombres se dejaban resbalar por las barras de latón y ponían en marcha las combinaciones del sistema olfativo del Sabueso, y soltaban ratas en el área del cuartel de bomberos; otras veces, pollos, y otras, gatos que, de todos modos, hubiesen tenido que ser ahogados, y se hacían apuestas acerca de qué presa el Sabueso cogería primero. Los animales eran soltados. Tres segundos más tarde, el fuego había terminado, la rata, el gato o el pollo atrapado en mitad del patio, sujeto por las suaves pezuñas, mientras una aguja hueca de diez centímetros surgía del morro del Sabueso para inyectar una dosis masiva de morfina o de procaína. La presa era arrojada luego al incinerador. Empezaba otra partida. Cuando ocurría esto, Montag solía quedarse arriba. Hubo una vez, dos años atrás, en que hizo una apuesta y perdió el salario de una semana, debiendo enfrentarse con la furia insana de Mildred, que aparecía en sus venas y sus manchas rojizas. Pero, ahora, durante la noche, permanecía tumbado en su litera, con el rostro vuelto hacia la pared, escuchando las carcajadas de abajo y el rumor de las patas de los roedores, seguidos del rápido y silencioso movimiento del Sabueso que saltaba bajo la cruda luz, encontrando, sujetando a su víctima, insertando la aguja y regresando a su perrera para morir como si se hubiese dado vueltas a un conmutador.
Montag tocó el hocico. El Sabueso gruñó. Montag dio un salto hacia atrás. El Sabueso se levantó a medias en su perrera miró con ojos verdeazulados de neón que parpadea, en sus globos repentinamente activados. Volvió a gruñir, una extraña combinación de siseo eléctrico, de pitar y de chirrido de metal, un girar de engranajes parecían oxidados y llenos de recelo.
Fahrenheit 451, Ray Bradbury. 1953