Este finde leemos…

Este finde leemos…
Tras pronunciar estas palabras, atravesaron la pared y fueron a dar a una carretera en plena campiña, con campos de labor a ambos lados. La ciudad se había desvanecido por completo, hasta el último vestigio. La oscuridad y la bruma habían desaparecido con la ciudad, dando paso a un día invernal, claro y con nieve cubriendo el suelo. «¡Cielo Santo!», dijo Scrooge enlazando sus manos y observando el entorno. «¡Yo nací en este lugar! ¡Aquí pasé mi infancia! ». El espíritu le miró de soslayo con indulgencia. El suave toquecito, aunque ligero y breve, parecía seguir afectando a las sensaciones del anciano, percibía mil olores flotando en el aire, cada cual relacionado con mil recuerdos, ilusiones y preocupaciones, olvidados largo, largo tiempo atrás. «Te tiemblan los labios», dijo el fantasma. «Y ¿qué tienes en la mejilla?» Scrooge musitó, con inusual vacilación en la voz, que era un grano, y rogó al fantasma que le llevara a donde tuviera que llevarle. «¿Recuerdas el camino?», interrogó el espíritu. «¡Que si lo recuerdo!», exclamó Scrooge con fervor. «Podría reconocerlo a ciegas». «Es raro que te hayas olvidado durante tantos años» … La bulliciosa comitiva se iba acercando; Scrooge sabía los nombres de todos. ¡Cómo disfrutó al verlos! ¡Qué brillo tenían sus fríos ojos y qué palpitaciones en su corazón mientras pasaban! Se sintió inundado de gozo cuando les oyó felicitarse la Navidad, al despedirse en los cruces de los caminos para ir cada cual a su hogar.
¿Qué era para Scrooge la Feliz Navidad? ¡Y dale con feliz Navidad! ¿Qué bien le había proporcionado a él? «La escuela no está vacia del todo», dijo el fantasma. «Aún queda allí un niño solitario, abandonado por sus compañero». Scrooge dijo que ya lo sabía. Y sollozó…
Cuento de Navidad, Charles Dickens. 1843