Este finde leemos…

Este finde leemos…
¿Eran cien, ciento cincuenta, doscientos? Había tantos hombres como mujeres entre ellos y la mayoría parecía salir, por la ropa que vestían, de entre los más pobres de los pobres. Todos mostraban —así lo contarían a sus mujeres, a sus queridas, a las putas, a sus compañeros, los guardias que regresaron a Bahía — unas miradas de inquebrantable resolución. Pero, en verdad, no tuvieron tiempo de observarlos ni de identificar al cabecilla, pues apenas el Sargento jefe les ordenó entregar al que le decían Consejero, la turba se les echó encima, en un acto de flagrante temeridad, considerando que los policías tenían fusiles y ellos sólo palos, hoces, piedras, cuchillos y una que otra escopeta. Pero todo ocurrió de manera tan súbita que los policías se vieron cercados, dispersados, acosados, golpeados y heridos, a la vez que se oían llamar «¡Republicanos!» como si la palabra fuera insulto. Alcanzaron a disparar sus fusiles, pero aun cuando caían andrajosos con el pecho roto o la cara destrozada, nada los desanimó y, de pronto, los policías bahianos se encontraron huyendo, aturdidos por la incomprensible derrota. Después dirían que entre sus atacantes no sólo había los locos y fanáticos que ellos creían sino, también, avezados delincuentes, como el cara cortada Pajeú y el bandido a quien por sus crueldades le habían llamado Joáo Satán.
Tres policías murieron y quedaron insepultos, para alimento de las aves de la Sierra de Ovó; desaparecieron ocho fusiles. Otro guardia se ahogó en el Masseté. Los peregrinos no los persiguieron. En vez de ello, se ocuparon de enterrar a sus cinco muertos y en curar a los varios heridos mientras los otros, arrodillados junto al Consejero, daban gracias a Dios. Hasta tarde en la noche, alrededor de las tumbas cavadas en el sembrío de Severino Vianna, se oyeron llantos y rezos de difuntos.
“La guerra del fin del Mundo”, Mario Vargas. 1981